Las Buenas Nuevas del Evangelio

Gálatas 3:6-9

 

Thomas R. Schreiner

(Comentario Exegético sobre el Nuevo Testamento)

 

Traductor: Valentín Alpuche

 

La gran enseñanza de la Reforma de que la justificación (ser justos delante de Dios) es por la fe solamente se enseña con claridad en Gálatas 3:6-9. Abraham no fue justificado sobre la base de su obediencia a Dios. Fue declarado justo delante de Dios cuando creyó la promesa de Dios. Su justicia se produjo no por medio de obrar para Dios, sino por medio de creer en Dios.

 

Lo mismo es cierto de todos los hijos genuinos de Abraham. Uno llega a ser justo delante de Dios al recibir lo que Dios nos ha dado en Cristo. Este mensaje es la noticia más grandiosa de todas, y Lutero acertó al decir que somos justos y pecadores simultáneamente (simul justus et peccator). Como cristianos estamos conscientes de la presencia del pecado en nuestras vidas. Nunca debemos poner excusas para pecar, y si bien, incluso los cristianos más maduros continúan pecando de múltiples maneras (Sant. 3:2). Si decimos que eso no es cierto de nuestras vidas, entonces no nos conocemos como Dios nos conoce. Cuando comprendemos cuán cortos quedamos como creyentes, las buenas nuevas de que somos justificados por la fe solamente es un gran consuelo para nosotros, porque nuestra justicia no reside en nosotros mismos sino en Cristo crucificado y resucitado.

 

Necesitamos escuchar, escuchar en verdad el evangelio. ¿Qué mensajes estás escuchando? ¡Tú puedes leer la Biblia y no oír el evangelio! El diablo puede engañarnos al decirnos:

 

No eres bueno.

Eres un fracaso.

Eres el mejor.

 

Dios quiera que realmente escuchemos las buenas noticias del evangelio y lo hagamos con fe. Lutero relata en alguna parte la historia de un médico que se mató porque se convenció de que Cristo lo estaba acusando delante del Padre. Eso fue una tragedia porque este pensamiento que bombardeó la mente de este doctor no era de Dios sino de Satanás. Cristo no nos acusa delante del Padre sino que ruega por nosotros sobre la base de su sangre derramada. Si tú piensas que Dios te está condenando, no estás meditando en la cruz y en el perdón que nos ofrece en Cristo.

 

Esto es un gran consuelo porque con frecuencia somos consumidos por nuestra forma de obrar. Extraordinariamente si nos sentimos superiores o inferiores a los demás, somos culpables de orgullo. Si nos sentimos superiores, somos culpables de orgullo porque pensamos que somos mejores que los demás. Si nos sentimos inferiores, somos culpables de orgullo porque difícilmente soportamos la idea de que seamos peores que los demás. No queremos que los demás vean cuán débiles somos y nos sonrojamos con la vergüenza.

 

Podemos aplicar esto a otras áreas de la vida también. Las personas moralistas se enorgullecen de cuán buenos son, de que ellos (a diferencia de los demás) viven vidas virtuosas. Pero una persona que desobedece las normas morales también puede ser orgullosa. Puede que se jacte de que no está restringida por leyes ridículas como el resto de nosotros lo estamos. El pecado es muy sutil. ¡Incluso podemos enorgullecernos del hecho de que somos mucho más sensibles a nuestro orgullo que los demás! Nuestra única esperanza es el evangelio porque allí descansamos sobre lo que Cristo ha hecho por nosotros en vez de jactarnos en nosotros mismos.